Gaby la infumable

Cuando vendía muebles de oficina tuve la suerte (y no estoy siendo irónico) de trabajar al lado de otra vendedora de showroom: Gaby “la infumable“.

Ella se había ganado ese título porque encajaba con un estereotipo de persona que hay en todas partes (pero no sé por qué en Buenos Aires pareciera haber en mayor cantidad), esa gente que está peleada con el mundo. 

La mayoría de la gente que trabajaba con nosotros no la soportaba, pero a mí me caía bastante bien.

Me hacía reír la intensidad con la que se quejaba de todo.

Quizá me hacía reír porque yo hablaba con ella solo 2 minutos al día, seguramente ser su esposo no era tan divertido. 

A pesar de odiarlos, Gaby era la más amada por los clientes (parecía tener un botón para activar la hipocresía en milésimas de segundo).

Cuando un cliente ponía un pie en el local yo la escuchaba gruñir y resoplar y, cuando el cliente se acercaba, Gaby cambiaba la cara de culo por una sonrisa y de repente era la más amable del mundo.

Después de que el cliente ponía sus dos pies afuera, la escuchábamos putear al cliente hasta que entraba uno nuevo. 

Gaby era famosa por ofrecer a nuestros clientes descuentos especiales y tiempos de entrega más cortos de lo normal.

Ésto suena muy lindo, pero traía graves problemas de producción para la empresa.

Este problema se hizo tan grande que Rodrigo, nuestro jefe, bajó a hablar con ella y pedirle que no se regalara tan fácil porque nos estaba haciendo perder plata. A lo que Gaby respondió: 

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- "¡Son ellos los que lo piden! ¡Son ellos los abusadores! De éso es lo que me quejo, siempre quieren todo más rápido y más barato.

¿Qué querés que haga? ¿Que les diga que no y nos cagamos a trompadas en el local?” 

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Yo no culpo a Gaby, no la culpé en ese entonces y no la culpo ahora; para el ser humano es más cómodo encontrar el error afuera y no adentro.

Quien tiene una relación de mierda, le echa la culpa a la pareja; quien tiene un trabajo de mierda, le echa la culpa al jefe; quien tiene un hijo problemático, culpa a los amiguitos.

La gente es como es, no como nosotros queremos que sea; pero nosotros, nosotros SÍ tenemos la libertad de ser como queremos ser.

Ejercer esa libertad para responder correctamente se llama negociar bien.

Si quiere aprender cómo, y está dispuesto a lidiar con el peso de esa libertad, entonces podemos trabajar juntos. Si no, no.

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